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Crónica de un monólogo

La batalla por la construcción de pensamiento crítico desde la divulgación científica en el aula

¿Por qué un certamen de Monólogos Científicos? ¿Merece la pena? La idea suena, de por sí, compleja: muchas horas, preparación, formación (también para los profesores), ensayos y unas buenas dosis de dramatismo. Lo que está claro es que es rompedora, y no somos los primeros en pensarlo. Desde hace tiempo detecto que el conocimiento y las distintas disciplinas científicas se han convertido en algo complicado a lo que se renuncia por mera comodidad, o quizá por falta de paciencia, lo que los reduce al ostracismo y al olvido. ¿Por qué nuestros jóvenes recelan, cada vez más, del pensamiento científico? Para responder a esta pregunta se deben analizar de forma exhaustiva muchos factores, puesto que no es una cuestión que se limite a este sector de la población, sino a la sociedad en general. El proceso de enseñanza-aprendizaje en la adolescencia requiere de tiempo, un tiempo cada vez más limitado y complicado de gestionar: ampliación de ratios, reducción de horas, contenidos curriculares condensados y densos… Es complejo. El adolescente rehúye, como es lógico, de las dificultades e intenta, generalmente, obtener resultados inmediatos por observación directa. Es aquí donde los docentes realizamos esa labor tan poco valorada y, me atrevería a decir, olvidada: deconstruir esa percepción y formar personas que utilicen el razonamiento y la reflexión desde el conocimiento adquirido. Todo un reto. Más, si cabe, añadiendo a la ecuación el uso desproporcionado de las pantallas, las redes sociales y la visualización inmediata, esporádica y fugaz de contenido, en la mayoría de los casos, sesgado. Pero no perdamos de vista los medios de comunicación tradicionales como la televisión (alguien la llamó en su momento la caja tonta) donde grandes empresas simplifican cada vez más la información en una burda imitación de lo que las redes consiguen. Todo esto está construyendo una cultura de la inmediatez que, en su máxima expresión, se refleja en una pérdida de habilidades cognitivas tales como la concentración, el desarrollo de ideas y problemas complejos, la paciencia o la capacidad de atención, entre otras. No es casualidad que las universidades estén, paulatinamente, bajando el nivel de sus investigaciones y contenidos formativos para no tener un número de suspensos demasiado alto tal y como afirmó el Dr. Miguel Ángel Martínez González (catedrático de Medicina Preventiva por la Universidad de Navarra) en una entrevista realizada a los medios. Además, defiende que este hecho mantiene una relación directa con la merma del coeficiente intelectual desde principios del presente siglo y de la memoria a largo plazo. Ambos hechos con estrecha vinculación a la reducción de horas de sueño y al uso desproporcionado de las pantallas.

Por no hablar del denostado y apestado pensamiento crítico, esa forma de pensar que nos lleva a discernir una noticia verdadera de otra falsa, o a diferenciar lo que está bien de lo que está mal. Claro, para adquirirlo, es imprescindible formarse y eso, no nos engañemos, cuesta. ¡Parece mentira! Merece la pena tomarse unos segundos para pensarlo bien: un adolescente en su móvil recibe un incontable número de estímulos (sonido, imágenes de impacto, frases cortas…) en cuestión de segundos. Esto acaba generando un impacto visual y sobrestimulado que conduce, inevitablemente, a procesar noticias flasheadas o ideas simples que, vamos a decirlo así, “entran por los ojos”. Y, como consecuencia, rechazar cualquier tipo de información que requiera de mayor atención y capacidad de análisis. Veámoslo con un ejemplo, leamos dos posibles titulares:

“El cambio climático es un mito exagerado: el clima siempre ha cambiado y no hay pruebas de crisis real”

Lenguaje vacío, sin datos estadísticos, alarmista y con evidencias superfluas de lo que comúnmente cualquier ciudadano puede percibir con sus sentidos.

“El cambio climático intensifica eventos extremos (olas de calor, lluvias torrenciales e inundaciones, incendios forestales…) y eleva las temperaturas globales (aumentando entre 1,3ºC y 1,5ºC en el último año), según informes científicos”

Lenguaje algo más técnico, que aporta datos en informes científicos que, el lector, tendrá que consultar para corroborarlos. No hay apelación directa a los sentimientos del lector, se limita a exponer una serie de datos.

¿Qué noticia creería un ciudadano medio? O mejor, ¿cuál optaría por leer primero? ¿y si el ciudadano está entre los 15 y los 25 años?  Aquí está la cuestión: la formación en cultura científica es fundamental si se quiere optar por la segunda, teniendo la paciencia y el conocimiento previos suficientes como para analizarlos y extraer conclusiones propias. Un estudio encargado por el FECYT Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología y dirigido por el CCS (Centro de Estudios de Ciencia, Investigación y Sociedad) a la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona elaboró un informe[1] en el que se expone que el método tradicional de divulgar información no es suficiente, puesto que una exposición detallada de datos no es sinónimo de que exista convencimiento por parte de la sociedad. En otras palabras, la ciencia debe mejorar el impacto en la gente de la comunicación científica.

No son pocas las investigaciones que apuntan a esta realidad: los datos no convencen y, mucho menos, persuaden. El plano emocional juega un papel primordial, derivado, lógicamente, de otras causas como el contexto social, la polarización política o las propias experiencias personales que, por muy ciertas que sean, representan una muestra no significativa de la sociedad. En otras palabras, nos creemos más una noticia que genere en nosotros un impacto emocional que una noticia repleta de datos y gráficos estadísticos. Pues bien, en todo este conglomerado de factores, ¿qué espacio queda para el pensamiento crítico? ¿cómo conseguir, desde las instituciones educativas, revertir esta situación?

La divulgación científica en el aula… y fuera de ella

Quizá se trata de una obsesión personal, pero en el aula cada vez nos vemos en la obligación profesional de ser actores de teatro: generar dudas, preguntas en las mentes de nuestros alumnos que susciten su interés por nuestra asignatura. Concretamente, en el caso de las Ciencias Experimentales o las Matemáticas jugamos con una desventaja: toca enfrentarse a un tipo de conocimiento que exige paciencia, atención sostenida, cierta tolerancia a la frustración, y, por supuesto, de práctica y esfuerzo continuado. Todo lo contrario a lo comentado al inicio de este artículo. La divulgación científica es, en resumidas cuentas, una potente herramienta con la que combatir la cultura de la inmediatez y la desinformación en la que estamos inmersos. Por supuesto hay un gran trabajo tanto de las universidades como de los expertos en didáctica que buscan en la innovación educativa una respuesta a estos problemas. Ni que decir tiene que, sin ella, no estaríamos reciclándonos ni reinventándonos, cosa que sería de lo más contradictorio: está en nuestra esencia profesional hacerlo. Pero, que quede claro, hay ocasiones en las que toca coger la tiza y explicar. Y vayamos un paso más allá: ¿nos conformamos con esto? ¿impartir nuestros contenidos siguiendo una u otra metodología y ya está? ¿o queremos que nuestros alumnos, además, se conviertan en ciudadanos formados con ideas y pensamiento propios, fundamentados ambos en la reflexión y el estudio teórico y práctico no solo de la Física o las Matemáticas, sino también de las disciplinas humanísticas? Esta es mi batalla, qué digo mi batalla, creo que aquí está la clave para entender esta propuesta. Debemos ir más allá. La divulgación científica transciende los límites curriculares establecidos. Es la forma de generar, por un lado, un impacto positivo en nuestro alumnado y, por otro, la construcción de ideas fundamentadas en situaciones empíricas, objetivas, con el objeto de ser valoradas y analizadas por un público no formado en la materia. ¿Por qué un Certamen de Monólogos Científicos? Porque es una forma de inculcar en nuestro alumnado el espíritu de indagar en los rincones de la ciencia, y transmitir esa información con garantías de éxito. Se trata de cumplir un triple objetivo, que puede resumirse en las siguientes líneas:

  1.  El alumno debe sentir la necesidad de investigar y desarrollar conceptos e ideas científicas, con lo que ello supone: construcción de conocimiento, desarrollo de habilidades tales como la paciencia y el pensamiento abstracto y fomento de la indagación y la investigación como partes esenciales del método científico.
  2. Construir, en sí mismo, conocimiento objetivo que le ayude a discernir información veraz de información sesgada. Debe apoyarse en pruebas, en evidencias científico-matemáticas que le permitan distinguir información y clasificarla desde un punto de vista objetivo.
  3. Una vez formado, el alumno debe ser capaz de transmitirlo de una forma amena, generando impacto positivo, incluso catárquico, en el público. El objetivo es que una idea principal cale en los espectadores, que al entrar en sus casas resuene en sus cabezas. La divulgación y publicación de resultados como aporte a la sociedad es la fase final del método científico; nuestros alumnos deben sentir que lo han conseguido, fomentando la competencia oral para ello.

¿Existe mayor satisfacción después de todo ese esfuerzo? Esto les ayudaría a entender que el estudio de las disciplinas científico-matemáticas contribuye a la mejora de la sociedad y del medio natural en el que vivimos. Sería ponerles la luz al final del camino: ser capaces de superar la idea de “¿esto entra en el examen?” y convertirse en ciudadanos críticos capaces de analizar datos y de transmitir, de forma objetiva y veraz, la realidad científica.

En todo este proceso, las nuevas tecnologías no quedan excluidas. Se trata de utilizarlas como una herramienta más, no como la única. Al contrastar información procedente de diferentes fuentes, el alumno adquirirá juicio crítico de manera natural. Es, en definitiva, la estrategia a seguir, bajo la guía inestimable de sus profesores que le acompañarán en todo el proceso. Paralelamente, todo esto se convierte en el eje vertebrador que se constituye como elemento motivador: la necesidad de formarse como medio para alcanzar seguridad en sí mismo y desarrollar todas las competencias necesarias en el proceso de enseñanza – aprendizaje.

Esto es solo el principio…

El perfil de salida de nuestros alumnos, en mi opinión, se resume en ser personas proactivas y con iniciativa, con pensamiento crítico para poder cumplir el objetivo de todo ser humano: ser feliz en sociedad, contribuyendo a la mejora de ésta y a la del medio que la rodea. Alumnos capaces de desarrollar todo su potencial, superando las dificultades y transmitiendo energía e ilusión en lo que se hace. Todo esto lo han demostrado los alumnos que se han animado a participar de nuestro primer Certamen de Monólogos Científicos. Han demostrado coraje, ganas e ilusión. Y esfuerzo, sobre todo esfuerzo. Han vivido una experiencia de divulgación científica y aprendizaje que será difícil de olvidar, aunque los próximos cursos participarán de nuevo, de eso no cabe la menor duda. Por esta razón y por todo lo comentado anteriormente, animo a la comunidad educativa y al resto de centros GSD a sumarse a esta iniciativa. Lo pasaréis bien, os echaréis unas risas y, por supuesto, aprenderéis más ciencia de la que creéis. 

César García Ruiz

Profesor de Física y Matemáticas.

[1] Revuelta, Gema; Llorente, Carolina; Saladié, Núria (2023). 

La comunicación científica en España. Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología. Comunicación social de la ciencia  

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